Nadal campeón en Montecarlo

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Updated: April 17, 2016
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Después de casi dos años, exactamente un bienio después de lograr su último título importante, Rafael Nadal volvió a sonreir. El español, de 29 años, batió a Gael Monfils en la final del Masters de Montecarlo y elevó su noveno título en el Principado. El definitivo 7-5, 5-7 y 6-0 frente al francés (después de dos horas y 46 minutos) significó además su 28º título en un Masters 1.000, por lo que iguala el récord que hace dos semanas firmó Novak Djokovic. El año pasado, el balear ganó en Buenos Aires, Sttutgart y Hamburgo, torneos de rango menor, pero no elevaba un trofeo importante desde mayo de 2014, cuando se impuso al japonés Kei Nishikori en Madrid. La Caja Mágica fue, también, el marco en el que había disputado hasta hoy su última gran final (mayo de 2015). 


El boceto previo decía que el gran favorito era Nadal, por razones más que obvias. Nadie conoce mejor que él los recovecos de una pista de polvo de ladrillo y sobre esta superficie Monfils jamás había logrado arañarle en sus cuatro enfrentamientos ni siquiera un set; de hecho, nunca más de tres juegos en un parcial. Toda opción del francés partía de su heterodoxia, de intentar sorprender desde ese registro camaleónico que tiene; tratar de pillar a contrapié a Nadal, cuya fiabilidad es muy superior en un cuerpo a cuerpo en arena.
Invitaba el partido a Monfils a una salida en estampida, pero nada más lejos de la realidad. El galo, de la misma quinta que el español (29 años) y 16º en la ATP, suele ser un jugador que tiende a enredarse solo. Si tiene el día es puro vértigo, una peligrosa amalgama de recursos plásticos facturada con esas extremidades kilométricas, pero si no es así, se convierte en un rival muy vulnerable. Esta vez fue a la contra y apostó por una vía intermedia. Comenzó dosificado, en una versión más bien monótona, y entró progresivamente en calor.
Mientras él pasaba bolas, Nadal dominaba desde el control. Sin artificios ni alardes, porque no los requería de momento el pulso, el de Manacor fue adueñándose de la situación. Quebró dos veces el saque de Monfils (para 3-1 y 5-3), pero no consiguió defender ninguno de esos breaks. El francés, muy mermado por las lesiones a lo largo de su carrera, se puso bravo y aumentó el ritmo. Activó su palanca y rescató a base de zancadas algunas bolas realmente difíciles. Se envalentonó Monfils y rompió la cadencia que imprimía Nadal. De correr nada. Esto se decide a raquetazos, le pareció decir.
No le interesaba al español entrar en ese juego. Le convenía evitar la ruleta rusa, pero desde el otro lado le vino una sucesión de proyectiles planos y profundos que rengancharon a Monfils. Se creció el parisino, arropado por el gentío, y evitó hasta tres pelotas de set. 5-5, tensión. A pesar de no haber podido cerrar la manga, no titubeó Nadal, intenso y lineal. Defendió con solvencia su saque y al final apaciguó los bríos de Monfils. Y, como acostumbra, este se enredó él solito, entregándose con varios errores y una doble falta.
No es común verle al galo extenuado, jadear. Lo hizo en esta ocasión, porque el tono físico de Nadal así se lo exigió. Esta semana, en los cinco compromisos previos, Monfils había permanecido en pista solo 5h 43m –frente a Müller, Vesely, Lorenzi, Tsonga y Granollers–. En esta ocasión, solo el primer set con el balear se estiró una 1h 13m. A pesar de la fatiga, el francés resistió. Impuso su derecha y castigó el revés de Nadal, que acusó su escasa productividad de tiros ganadores (solos seis en la manga) y cuyos niveles de servicio bajaron alarmantemente (la retención de puntos con segundos quedó en un ínfimo 17%). Así, empellón a empellón, se repuso Monfils.
Pese a la circunstancia, el francés es un tipo capaz de jugar con la sonrisa en la boca. Su rendimiento se multiplica conforme crece el índice de adrenalina; sin tensión, sin sentir el agua al borde del cuello, no disfruta. Quebró para 2-1 y percutió inmediatamente después (4-3) de que Nadal le asestase una rotura. Volvió a la carga el español, con más raza que tenis esta vez, pero enfrente se topó con una torrentera emocional que se llevó por delante el dique y prolongó la tarde.
Para entonces, tercer set, el sol había caído en Montecarlo, la humedad empastó la pista y la pelota había perdido vigor, circunstancia que a priori no le beneficiaba al de Manacor. Pero este no perdió el hilo. Era su final número 100, la décima en el Principado, y la posibilidad de volver a elevar un trofeo mayor era demasiado tentadora. Demarró al primer servicio del francés y estableció una frontera insalvable (4-0). A partir de ahí, como una troqueladora, seccionó la propuesta de Monfils y enfiló su noveno títulos en Montecarlo, donde con 16 años levantó su primer premio de alcurnia. Ahora, 11 después, vuelve a apretar los puños. Y el tenis lo celebra.

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